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Nuestros hábitos de consumo influyen en nuestro entorno más inmediato y la comunidad social en la que vivimos es un hecho innegable, que percibimos a diario a través elementos como: el tipo de comercios que nos rodean, la procedencia de los alimentos y otros productos que consumimos, las relaciones laborales, el uso que hacemos de los espacios públicos, los medios que utilizamos para los desplazamientos, la calidad del aire de nuestras ciudades y pueblos, la forma en la que gestionamos nuestros residuos, la limpieza de las calles, el uso que hacemos de las fuentes energéticas y otros recursos, la conservación de los espacios naturales más cercanos, etc. Esta imagen se puede extrapolar a la extensión de nuestro planeta, pues no vivimos de manera aislada y la suma de los actos de consumo de miles de millones de personas, tiene repercusiones directas en las formas de producción, en el transporte, la conservación medioambiental, las comunidades humanas e incluso en el clima.

Ante este panorama no queda más remedio que tomar conciencia de una responsabilidad que no debemos evitar. Es preciso valorar hacia dónde queremos evolucionar: hacia el agotamiento del planeta y la imposibilidad de supervivencia de nuestra especie o hacia un horizonte más sostenible, saludable y solidario. La primera opción nos conduce a la nada en un periodo más o menos prolongado y en ese proceso a padecer las consecuencias de esa alternativa. Mientras que, si queremos frenar esa deriva e incluso revertir el daño provocado es preciso empezar, aunque sea a pequeña escala, a adoptar actitudes de consumo más responsables y solidarias.

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