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La celebración del Día de la Biodiversidad este año debería servirnos para concienciarnos sobre la necesidad de reducir la pérdida de un elemento que juega un papel fundamental en la contención de fenómenos como la epidemia que estamos padeciendo en este momento.

 

El término «biodiversidad» se refiere a la cantidad, la variedad y la variabilidad de los organismos vivos. Incluye la diversidad dentro de las especies, entre especies y entre ecosistemas. La pérdida de la biodiversidad aumenta la probabilidad de que se generen epidemias como el coronavirus. Los virus tienen más facilidad para saltar entre especies y hasta el ser humano, si el ecosistema está alterado y hay menos mecanismos biológicos de autocontrol.

Aunque resulte paradójico la epidemia le ha venido bien a la naturaleza, pues la cuarentena y el confinamiento ha reducido la actividad humana a escala local y mundial, repercutiendo en diversos aspectos como: menos contaminación, aguas más limpias y cielos más claros.

El descenso de la cantidad de desplazamientos en vehículos a motor, la disminución de la producción industrial y el consumo ha contribuido a reducir de manera drástica de las emisiones de dióxido de nitrógeno en muchas ciudades, principal causante de la contaminación atmosférica.

La disminución de vertidos a los ríos y mares también ha beneficiado a la calidad de las aguas.

Los animales y las plantas han recuperado sus espacios. Al limitarse las actividades en los espacios naturales ha disminuido la presión humana en los ecosistemas permitiendo a la vegetación un desarrollo natural y a algunas especies animales disfrutar con libertad de sus entornos. Se ha reducido lo que se ha venido a denominar “basuraleza”, que no es otra cosa que los residuos que las personas van dejando en la naturaleza.

Efectos negativos

Aunque no es lo deseable, la vuelta a cierta normalidad nos traerá de regreso los viejos problemas. Es más, muchos expertos hablan del “efecto rebote”, ya que la salida de la cuarentena, pese a que pueda parecernos lenta en estos momentos, tendrá como consecuencia picos en el consumo de bienes y servicios. Estos desencadenarán una emisión masiva de gases y compuestos contaminantes en un modelo de producción y consumo todavía fundamentado en el uso de combustibles fósiles. El repunte de emisiones podría incluso compensar la reducción registrada durante la etapa de confinamiento.

Es cierto que este periodo ha servido para concienciar a una gran parte de la población sobre el papel de la Humanidad en el deterioro de su Planeta, pero aún queda mucho por hacer. Sería interesante aprovechar esta oportunidad para fomentar el desarrollo de modelos de producción y transportes más sostenibles.

Sin esperar a que termine la cuarentena ya se están produciendo algunas situaciones que resultan poco sostenibles, algunas necesarias para frenar la epidemia como:

  • Los elementos de usar y tirar como mascarillas, guantes y bolsas, que además no entran en los procesos de reciclado.
  • Empleo de productos químicos agresivos para la desinfección tanto en el ámbito doméstico como en las calles, que inevitablemente afectan a los ecosistemas directamente y por el alcantarillado terminan en los acuíferos.
  • Utilización de los vehículos privados para los desplazamientos. Siempre que podamos deberíamos optar por transportes sin motor, como bicicletas.

Otros comportamientos son evitables y muy dañinos como, por ejemplo:

  • Abandonar en la calle o en la naturaleza las mascarillas y guantes.
  • El despilfarro de agua en las labores de higiene y desinfección.