En la actualidad es difícil encontrar productos alimenticios elaborados de manera industrial en los que no esté presente algún tipo de aditivo. Sin embargo estos elementos con frecuencia causan dudas entre los consumidores sobre la conveniencia de su ingesta continuada y los efectos sobre la salud.

 

Para aclarar algunas cuestiones sobre los aditivos, la Federación de Consumidores AL-ANDALUS, les dedica un apartado dentro de su campaña formativa sobre Consumo Responsable y Consciente de los alimentos denominada ¿Sabes lo que comes?, que se inscribe dentro de la campaña general para la promoción de un Consumo Responsable y Sostenible que está desarrollando con el apoyo de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía.

Sepamos algo más sobre los aditivos

Los aditivos son sustancias naturales o artificiales que se añaden a los alimentos en su proceso industrial, con la intención de que éstos parezcan más apetecibles en cuanto a su textura, color, olor, sabor, etc.

Los aditivos no son una exclusiva del presente: los antiguos acecinaban, salaban o ahumaban los alimentos para permitir su conservación. Los egipcios y los romanos utilizaban el SO2 (dióxido de azufre) para desinfectar su material de vinificación. Los romanos empleaban numerosas especias importadas de Oriente para mitigar el extraño sabor que las cazuelas (muchas veces de plomo) dejaban en la comida.

Pero nunca hasta hoy hemos abusado tanto de los aditivos, a veces por razones de higiene o seguridad, pero en otras ocasiones sin causa justificada. Aunque se supone que los aditivos tienen una utilidad reconocida, cabe distinguir dos conceptos: la dosis tecnológica y la dosis admisible. La primera es la dosis que, técnicamente hablando, permite obtener el efecto buscado. La segunda es la que, desde un punto de vista de salud pública, nuestro cuerpo puede absorber sin riesgo aparente para nuestro metabolismo. En términos técnicos esta última recibe el nombre de Ingesta Diaria Aceptable (IDA)

Por poner un ejemplo, la IDA del colorante amarillo naranja (E-110) es de 2,5 mg/kg o 150 mg para un adulto de 60 kg. Sólo consumiendo 50 g de frutos confitados, 50g de confitería, 100 g de postres, 100 g de galletas o 250 ml de bebidas se alcanza la mitad de la IDA de este aditivo.

A continuación se presenta un listado de aditivos alimentarios más empleados y que se deben evitar o regular, por ser potencialmente tóxicos en altas concentraciones;

  • Hidroxibenzoato de etilo (E-214): lo encontramos fácilmente en mayonesas, mostazas, salsas de tomate, aderezos para carnes, conservas de mariscos, mazapanes, alimentos a base de verduras, repostería
  • Anhidrido sulfuroso o dióxido de azufre (E-220): por lo general es muy poco el que se agrega. Los siguientes alimentos procesados podrían contenerlo: jugos de fruta, mermeladas, vinagres, pasteles.
  • Nitrito sódico o nitrato (E-250, E-251 y E-252): lo encontramos esencialmente en todos los embutidos, morcillas, quesos o conservas de marisco.
  • Ácido propiónico (E-280): lo encontramos principalmente en toda la panadería procesada y repostería envasada.
  • Sulfitos y derivados (desde E-221 al E-228): carne, vino y varios tipos de alimentos.
  • Glutamato (desde el E-620 al E-625): es muy común para potenciar el sabor de platos precocinados como sopas, salsas, caldos y platillos enlatados.
  • Colorante amarillo o tartrazina (E-102): es un colorante artificial que es frecuente encontrar en refrescos, gelatinas, helados, dulces, postres procesados.
  • BHA y BHT (E-320 y E-321): Se utiliza para proteger las grasas utilizadas en repostería, fabricación de galletas, sopas deshidratadas, etc.